La obesidad es originada por un balance energético positivo, es decir, una ingesta aumentada de alimentos.
(Carvajal, C., 2017).
Ya que la obesidad es un estado de acumulación de grasa, el cuerpo necesita de la capacidad de adaptarse al tejido adiposo, fomentando la formación (hiperplasia) de nuevos adipocitos (células lipídicas) nuevos.
Sin embargo, la capacidad del tejido adiposo respecto a las necesidades de acumulación de grasa tiene límites, y al sobrepasarlos continúa el crecimiento de los adipocitos (hipertrofia) que es una respuesta inflamatoria.
(Carvajal, C., 2017).
Dicha inflamación, se vuelve crónica con el tiempo ya que se propaga como una inflamación sistémica. Este proceso conlleva a una acumulación de grasa en órganos y tejidos como hígado, músculo esquelético, corazón y páncreas; dado que estos órganos no tienen la capacidad de acumular grasa sin alterar sus funciones, provoca una lipotoxicidad (toxicidad por lípidos/grasa) en los mismos órganos, que provoca resistencia a la insulina.
La adiposidad visceral (grasa en órganos) también se asocia con un incremento de la mortalidad de causa cardiovascular, relacionada con un aumento de la resistencia a la insulina, dislipidemia e inflamación crónica.
(Fragozo-Ramos, M., 2021).